Tras una mañana de estudio y cansancio, al fin llegué a mi casa. Dejé
la mochila en el suelo de mi habitación y me dirigí hacia la cocina.
«Genial, estoy sola»
Volví
de nuevo a mi habitación y abrí el bolsillo pequeño de mi bolsa,
sacando así un bocadillo de jamón para comer. Me lo había comprado
Kelly, ya que la había dicho que me había dejado el dinero en casa, ella
solo soltó un «mira que eres despistada, Anna».
En
la cocina, lo partí por la mitad, medio me lo comí yo y el otro medio
se lo dejé a mis padres. Siempre me han dicho que me tome la mayor parte
yo, ya que como soy más joven, pues hay tendencia a aguantar menos.
Al
acabar de comerme el medio bocadillo solitariamente, hojeé mi agenda, a
ver qué deberes tenía para esta semana. Para mañana, el trabajo de
sociales: la revolución francesa. Genial, hoy tendría una larga tarde,
encerrada entre las cuatro paredes de la biblioteca.
Saqué un papel para reutilizarlo, y escribí unas simples palabras para mis padres:
«Mamá, papá, estaré en la biblioteca haciendo el trabajo. Por cierto, aquí os dejo el resto del bocadillo, Os quiero.
-Anna».
Puesto esto, partí hacia la biblioteca, con todo lo necesario dentro de mi mochila, esta colgando de mi hombro derecho.
No quedaba a mucho camino de mi casa, tan solo tenía que bajar bastante la calle y ya estaba.
Tras
un par de minutos de andar, llegué a un gran edificio que solía ir
algunos fines de semana. Un sitio repleto de libros de todo tipo.
Vagué
por los diferentes pasillos de la biblioteca, hasta que llegué a una
estantería repleta de libros de historia, entre ellos un par de la
revolución francesa. Tomé los que creí más importantes y me los llevé a
una de las vacías mesas que había al lado de donde me situaba.
Me
pasé gran parte de la tarde hojeándolos y tomando apuntes en una de mis
libretas que había traído. Más tarde, decidí subir a la segunda planta,
donde esta contenía un par de ordenadores.
Me senté en el único asiento que quedaba libre y seguí averiguando sobre la revolución francesa.
El
reloj marcaba las ocho, mi trabajo prácticamente estaba terminado, tan
solo debía retocarlo en casa. Agarré mi mochila y la dejé colgando de mi
hombro derecho, como ya era habitual.
Caminaba por las solitarias
y oscuras calles de la ciudad. Entonces oí unos pasos, que con rapidez
se iban acercando a mí. Me giré hacia el sonido, ¿pero qué había? nada,
no había nada, tan solo más oscuridad. Seguí mi camino, intentándole
darle la menor importancia a lo que había ocurrido, pero volví a
escuchar esas pisadas detrás mía; mi único remedio fue correr.
Cazada por el miedo y la desesperación, huía por las -ahora temerosas- calles.
-No huyas... - eso fue lo único que pude auscultar, antes de alcanzar la velocidad máxima que permitían mis pies.
Algún
ser más alto que yo, consiguió alcanzarme, me agarró y me dejó inmóvil,
acurrucándome en una esquina. Le daba la espalda, lamentablemente no
podía conseguir verle el rostro.
Intenté pegar un chillido, pero él me lo impedía, poniendo su mano en mi boca. La tenía fría y muy fuerte.
Una
lágrima salvaje nació involuntariamente en mis ojos, se deslizó por mi
mejilla y terminó en la mano de aquel desconocido que impedía mi huída.
-No está bien lo que haces, Anna...
Su
ronca voz oí, provocándome un escalofrío que viajó por toda mi espina
dorsal. Jadeé. No podía hablar, no podía huír, no podía... El miedo me
comía por dentro y por fuera. Me sentía tiesa, demasiado tiesa, era como
si mis músculos estuvieran rígidos, mis pulmones se hubieran parado y
tan solo podía escuchar su ronca voz.
-Te he visto Anna, te he
visto - añadió, a lo que yo me estremenecí más de lo que estaba - ¿Crees
que robar una cadena de tu mejor amiga está bien?
Tan solo pude
negar con la cabeza, era lo único que él me permitía. Ahora mismo, tenía
poder sobre mí, podía dañarme, violarme, lo que él quisiera. Los
pensamientos que divagaban por mi mente, no hacían más que abrumarme
constantemente, haciéndome crear más lágrimas todavía.
-Ahora... retiraré mi mano. No grites, ni un chillido, no te va a ocurrir nada, puedes tranquilizarte.
Asentí levemente mientras su fría mano se quitaba lentamente de mi boca.
-Yo no he robado nada - dije, recobrando mi seguridad.
-Entonces, ¿de quién es esta hermosa cadena?
Su
fuerza se fue debilidando lentamente, permitiéndome así darme la
vuelta, para contemplar la cadena que yo le había robado a Kelly. Una
capucha negra tapaba su pelo, y el comienzo de los ojos. Me superaba un
par de centímetros en cuanto altura, así que levanté levemente mi
cabeza, para tener una mejor visión de su rostro.
-¿T...om? - balbuceé.
Él
era uno de los chicos de mi clase, con cierta popularidad en esta. Las
únicas veces que habíamos hablado eran cuando alguna vez nos habían
emparejado para hacer juntos algún trabajo, después de eso, ninguno
existía en la vida del otro.
-¿Cómo puedes pensar eso de mí? Yo
nunca he hecho tal terrible cosa. ¿Podrías devolverme mi cadena, por
favor? - pregunté amablemente recobrando la compostura de niña inocente,
la chica buena a los que todos estaban acostumbrados desde hacía años.
-Anna...
Su voz se paró, al notar como gotas de agua nos empezaban a mojar.
-Será mejor que nos vayamos, Anna.
-Iré a casa.
-No, vendrás a la mía. Esta conversación todavía no terminó.
Intenté discutir, pero era demasiado tarde, ya me había tomado de la mano y me hacía correr a través de la lluvia.
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